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jueves, 18 de febrero de 2016

Superando Miedos



Recibí una carta el año pasado, en ella, una amiga me motivo a probar, usar y ver todo lo que pudiera. Me animo a explorar y a no tener miedo de los cambios, de lo que podía llegar a vivir, si me atrevía. Leí la carta a 30 mil pies de altura e iba a rumbo a lo inesperado. En ese momento, decidí superar mis miedos.

Recordé la carta frente a un tobogán de 96 metros de largo, destapado y a una altura de casi tres pisos. Respire profundo y salte. Mis pensamientos convencieron a mi miedo a las alturas. -“Si tus animales preferidos son aquellos que vuelan, si tu deseo mágico es tener alas y en tus charlas motivadoras inspiras a otros a intentarlo y superarse, ¿por qué no lo intentas tú? atrévete, lánzate, ¡vuela!”.  

Había olvidado la sensación de temor, los rápidos latidos de mi corazón y los nervios de punta, hasta que me enfrente una vez más a las alturas de la vida. Cuando te presentan un proyecto, se abre una oportunidad de empleo, piensas continuar tus estudios o cuando te decides a terminar una relación, se siente lo mismo. Es como si la vida te elevará a la cima de una montaña y sientes que tus pies se suspenden en el vacío. No hay de donde sostenerse, nada es seguro pero tienes que tomar la decisión de lanzarte.

Para disfrutar la vista panorámica de una ciudad nocturna e iluminada tuve que  subir a una altura de 48 pisos, para experimentar una sensación extrema me atreví a probar una atracción mecánica de 38 metros de altura, que equivale a lanzarse desde la terraza de un edificio de 15 pisos. Alcanzando los 76 kilómetros por hora antes de llegar a una zona de frenado magnético.

Para reír, disfrutar, crecer y sentir tenemos que enfrentar nuestros miedos. 

Cada vez que estaba a punto de elevarme y superarme, imaginaba lo peor, sin embargo, sucedía todo lo contrario. Sentía libertad, espacio y aire suficiente, tenía una vista más clara y un profundo sentimiento de satisfacción.

Ya lo había leído en un articulo del Rincón de la psicología: "A medida que crecemos el listado de las cosas que nos atemorizan aumenta. Nos dejan de dar miedo los monstruos debajo de la cama y en el armario pero toman su lugar monstruos aún peores, que nos paralizan, como el miedo al fracaso. Por eso, un excelente ejercicio consiste en elegir alguna de las cosas que más nos atemorizan y atrevernos a hacerlas. Enfrentar nuestros miedos y darnos cuenta de que la mayoría de ellos son infundados nos da una sensación de empoderamiento increíble que nunca antes habíamos experimentado. En ese momento te das cuenta de que los verdaderos límites están en tu mente, no en el mundo".

Detrás de eso que temes existe una posibilidad de algo mejor. Más allá de tus pensamientos negativos abundan bendiciones para ti, a pesar de los rápidos latidos de tu corazón, un segundo después, experimentarás la paz interior.

Me despido con Jorge Bucay y su cuento "animarse a volar".

...Y cuando se hizo grande, su padre le dijo: 
-Hijo mío, no todos nacen con alas. Y si bien es cierto que no tienes obligación de volar, 
opino que sería penoso que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado.

-Pero yo no sé volar – contestó el hijo.
-Ven – dijo el padre.

Lo tomó de la mano y caminando lo llevó al borde del abismo en la montaña. 
-Ves hijo, este es el vacío. Cuando quieras podrás volar. Sólo debes pararte aquí, respirar profundo,
y saltar al abismo. Una vez en el aire extenderás las alas y volarás... 
El hijo dudó.
-¿Y si me caigo? 
-Aunque te caigas no morirás, sólo algunos machucones que harán más fuerte para el siguiente intento –contestó el padre.

El hijo volvió al pueblo, a sus amigos, a sus pares, a sus compañeros con los que había caminado toda su vida.
Los más pequeños de mente dijeron:
-¿Estás loco? 
-¿Para qué? 
-Tu padre está delirando... 
-¿Qué vas a buscar volando? 
-¿Por qué no te dejas de pavadas? 
-Y además, ¿quién necesita? 

Los más lúcidos también sentían miedo:
-¿Será cierto? 
-¿No será peligroso?
-¿Por qué no empiezas despacio? 
-En todo caso, prueba tirarte desde una escalera.
-...O desde la copa de un árbol, pero... ¿desde la cima? 

El joven escuchó el consejo de quienes lo querían.
Subió a la copa de un árbol y con coraje saltó... 
Desplegó sus alas. 
Las agitó en el aire con todas sus fuerzas... pero igual... se precipitó a tierra.

.. Con un gran chichón en la frente se cruzó con su padre: 
-¡Me mentiste! No puedo volar. Probé, y ¡mira el golpe que me di!. No soy como tú. Mis alas son de adorno...– lloriqueó. 
-Hijo mío – dijo el padre – Para volar hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen. 
Es como tirarse en un paracaídas... necesitas cierta altura antes de saltar. 

Para aprender a volar siempre hay que empezar corriendo un riesgo.

Si uno no quiere correr riesgos, lo mejor será resignarse y seguir caminando como siempre.


¡Deseo que sean Competentemente Bendecidos!